Nací en Oporto en 1984. Mi padre era un empresario de Valladolid relacionado con el armamento, Eladio Trigo. Tenía 45 años cuando yo nací. Mi madre tan solo 21. Se conocieron en una feria de material militar en Oporto. Fue en junio del 83. Se casaron y se separaron en menos de dos años. Mientras tanto aparecí yo. A los cinco años me fui a vivir con mi padre a Palencia. Uno de los lugares más tristes del mundo para una niña acostumbrada a los atardeceres en la Bahía del Duero. Desde entonces comencé a “matar a mi padre”, mucho antes de saber que era militante de derechas. Hasta los 18 años creo que en mi vida no ocurrió nada reseñable. Mi única obsesión era salir de allí. Una de las pocas posibilidades que tenía era sacar unas notas espectaculares y solicitar una beca de estudios en el extranjero a la Diputación Provincial. En 2001 me la concedieron y me fui a Berkeley a estudiar Periodismo. En realidad, creo que mi vida comenzó cuando llegué a Estados Unidos, una semana antes de los atentados del 11-S.

El año que pasé en la universidad en Berkeley marcó para siempre mi forma de entender el periodismo crítico y de investigación. Era un ambiente plagado de debates y enfrentamientos dialécticos. Todo lo contrario a lo que me esperaba en la universidad de Salamanca cuando regresé en septiembre de 2003. En parte por soportar a aquellos profesores profunda y etimológicamente imbéciles, me refugié en las pastillas y los antidepresivos. En USA solo recurrí a ellas para las fiestas. Insatisfecha y añorante de mi etapa americana, comencé a descender a los infiernos. Toqué fondo el día que descubrí hasta dónde era capaz de humillarme con un dealer por un gramo de farlopa. Era una de esas noches de hight en la que Salamanca se humedece de una lluvia incapaz de liberar las calles de su peste a meados de Erasmus. Ese día, cuando llegué a casa, encendí la tele y tuve suerte. Estaban emitiendo El club de la lucha. Comencé a llorar en la escena en la que el gordo Bob se consolaba en el pecho del protagonista. Entonces comprendí que tenía que comenzar mi propia batalla. Fui al baño y me rapé el pelo al cero. No salí de casa en varios días. Ni siquiera recuerdo los primeros, pero poco a poco empecé a pensar que podía salir de ese agujero comenzando mi combate.

Lo inicié denunciando una red de prostitución de alto standing que implicaba a varias estudiantes amparada por las autoridades académicas. Recurrí primero al grupo de activistas feministas de la universidad. Patético. Me confundieron con una lesbiana agresiva y ni se atrevieron a canalizar la denuncia. Demasiada dependencia de la subvenciones del vicerrectorado. En ese momento decidí ir por mi cuenta y publiqué mi primer artículo incendiario en un blog de periodismo crítico digital. Fue un éxito, aunque seguramente se debió a que entró en los principales buscadores como “sexo y estudiantes”. Entre tanto terminé la carrera en 2005 sin recibir el premio extraordinario que merecía por mi expediente. La venganza fue publicar en mi blog todas las miserias de la facultad que podrían tratarse de cualquiera de las universidades públicas españolas (Fuck Fac! decíamos en California): endogamia, incompetencia, componendas, prevaricaciones…  Fue una terapia emocional en la que vomité todos mis fantasmas. Fin de etapa.

En verano de 2005 volví a Oporto y pasé casi un año con mi madre. Después conseguí un contrato en prácticas en la Televisión de Aragón. Mi primer trabajo fue una entrevista a Damián Forcés, el último hortelano que aún vivía en los terrenos de la Expo del Agua del 2008. Fue mi primer trabajo, sí, pero también el último. El reportaje nunca se emitió. Seguramente porque Damián apareció muerto a orillas del Ebro un día antes de la proclamación de Zaragoza como sede de la exposición. A mi me rescindieron el contrato sin previo aviso. Decidí entonces trasladarme a Barcelona donde trabajé como “negra” en todo tipo de publicaciones para costearme los gastos del Máster en Periodismo Digital que cursé en la Universidad Pompeu Fabra. Y allí, por una casualidad que cambió mi vida para siempre, conocí a Agustín Serra, el director de un documental sobre Damián Forcés, Plot 28 (La parcela 28). El resto… ya es ficción.

Joana T. Silveira, periodista.